En octubre de 2007, Z. padece fuertes dolores de estómago. El médico
de cabecera piensa que puede tratarse de cálculos renales y la manda
al hospital a hacerse unas pruebas. Va al hospital pero se niegan a
hacerle las pruebas porque no está asegurada y no puede pagar el
precio. El médico le receta medicamentos analgésicos fuertes, pero los
dolores persisten. Un mes y medio después, el médico vuelve a mandar
a Z. al hospital después de llamar al personas de urología. En la recepción
de urología, le vuelven a decir que no pueden realizarle las pruebas
si no paga. Diez meses después, sigue estando enferma y no tiene
acceso a la sanidad.
«En el sistema Ika [Seguro social de trabajadores de Grecia], no nos dan consejos sobre lo que tenemos que hacer por nuestros hijos ni sobre cómo
hacerlo. A los médicos parece que les aburren nuestros problemas. La verdad es que no me gustaría acudir al
sistema Ika, aunque tuviera la posibilidad, porque me preocupan los tratamientos. Por otro lado, parecía
que a la pediatra no le gustaban mis hijas, ni siquiera nos miró. Afortunadamente, las niñas no enfermaban
con mucha frecuencia y no teníamos que acudir a Ika constantemente. En la policlínica de Médicos del
Mundo, el ambiente es acogedor y agradable, mis hijos sonríen y parecen sentirse bien. A los pediatras les
gusta realmente su trabajo. Creo que tenían ganas de trabajar como voluntarios y que les gustan los niños...»
«Cuando acudí a Project London (Médicos del Mundo Reino Unido), mi embarazo estaba ya muy avanzado, en el sexto mes. No me habían realizado ningún seguimiento del embarazo. Había intentado ir a un centro médico el tercer mes del embarazo pero querían mi pasaporte. Más tarde, fui a inscribirme en el hospital para el parto porque me tenían que realizar una cesárea. El personal fue extremadamente agresivo y desagradable conmigo. Me dijeron que si no tenía dinero y no podía pagar, que me fuera. Hubo un momento en el que una de las responsables de pago empezó a gritar y me dijo: “¡Siéntate y hablemos del dinero!” No pude soportar más sus gritos y me desmoroné. Intenté explicarles que, sencillamente, no tenía dinero para el parto y que no tenía ni trabajo ni familia aquí. Les dije que vivía gracias a unos bonos de 28 euros semanales que me daba una organización caritativa. Me dijeron que fuera a vender los bonos y trajera dinero al hospital ».
«Fui a un centro médico de mi ciudad. Dije que ya había realizado los trámites para obtener una tarjeta sanitaria y que tenía un certificado que me permitía acudir a urgencias. Tenía fiebre y parecía ser una gripe, pero no tenía medicamentos ni información sobre lo que podía tomar, así que acudí a un centro médico. La mujer de la recepción me preguntó de dónde era, miró mi certificado (F6) y me dijo que no podían atenderme, que mi caso no era una urgencia y que para eso está Médicos del Mundo. Le contesté que cuando hice los papeles me dijeron que podía venir a urgencias y que, como no me encontraba bien, había decidido ir. Aparte de Médicos del Mundo, estoy muy sola y no sabría dónde llevar a mis hijas. Le pregunté por qué no podían atenderme y me contestó: “no es gratis, lo pagamos nosotros con nuestro trabajo”. Le dije que ese servicio era público y que era indispensable para la gente, y me dijo que no creyera que ellos iban a pagar todo lo que quisieran los inmigrantes. Me quedé impresionada con su respuesta. Era la primera vez que me sentía rechazada».